jueves, 7 de julio de 2011

IGLESIA CATÓLICA PIDE A ALFONSO CANO ENTREGARSE PARA PODER DIALOGAR

Tomado de COLOMBIA OPINA La Iglesia colombiana le pidió al máximo jefe de las Farc, ‘Alfonso Cano’, que abra las posibilidades del diálogo y reiteró su ofrecimiento como facilitadora de un eventual acuerdo de paz con el Gobierno.  “A Cano le extendemos la mano, la mano de hermano colombiano para que podamos lograr la paz, de lo contrario, esto se nos va a recrudecer”, dijo el secretario del episcopado, monseñor Juan Vicente Córdoba al enviarle un mensaje al líder guerrillero, invitándolo a “un diálogo para una entrega”.
No hay duda alguna de la buena fe que asiste a los prelados católicos al hacer un llamado razonable al máximo cabecilla del narcoterrorismo, del que señalan que es un hombre inteligente, que debe entender que la violencia más violencia sólo trae más violencia y que Colombia lo que necesita es perdón”, comentó el jerarca al afirmar que el clero respalda al Gobierno en sus acciones militares en pro de la defensa y la dignidad del país, aclarando que el diálogo debe ser el primer camino y lamentando que se tenga que acudir a este tipo de medidas que también generan violencia.  “Lamentablemente estamos en un conflicto armado donde estos operativos militares son inevitables, pero insistimos en el diálogo para que no se derrame más sangre”, dijo monseñor Rubén Salazar, presidente de la Conferencia Episcopal.
La apreciación de los Obispos es entendida más que nadie por los militares, quienes son los que deben asumir el sacrificio para la consolidación de la seguridad democrática y los caminos hacia la prosperidad; nadie mejor que el soldado para desear la paz y la reconciliación, como hombre de armas entiende el horror del conflicto y desearía que no se repitiera simplemente por mantener una actitud ciega y contraria a la evolución histórica de las sociedades.
Son estos soldados que aman la vida propia y la ajena, que se entrenan y combaten para salvar vidas en Colombia a costa de perder las suyas, quienes mejor aprecian los llamados a la paz, pero no una paz a cualquier precio, no una paz que arrase con la dignidad nacional que atesora la sangre de miles de colombianos que han perecido en medio de una salvaje e injustificada agresión narcoterrorista disfrazada con un discurso político añoso y fracasado.
Parodiando al poeta Guillermo Quijano Rueda, ilustre zapatoqueño, nuestros soldados no son de guerra, son soldados de la paz, así lo reconoce la altísima aceptación de nuestras Fuerzas Militares en la sociedad colombiana, la institución militar, pese a la guerra jurídico-política, cuenta con la aprobación de más del 76% de los colombianos según lo señalan las encuestas de opinión recientemente publicadas. Por eso el apoyo de la Iglesia Católica a los operativos militares contra el narcoterrorismo tiene una razón que nace del seno mismo de nuestra sociedad y que reafirma la validez de la triada Fuerzas Militares-Gobierno-Pueblo como fundamento de legitimación institucional.
A diferencia de los narcoterroristas, el soldado colombiano está hoy involucrado hombro a hombro con los ciudadanos para superar la crisis del reciente invierno, llevando suministros, rescatando víctimas a costa de su propia vida como sucedió recientemente en Bogotá y en carreteras del país, son las misiones médicas y de recreación del Ejército Nacional las que han llevado un alivio a los pobladores de las más lejanas zonas del país a donde no llegan otras instituciones.
El Ejército aplica los más sublimes principios del humanismo a través de su Acción Integral como instrumento para garantizar la dignidad y la libertad de los colombianos, no para someterlos mediante el terror y el crimen como hacen las narcoguerrillas que hace tiempo perdieron la batalla por ganar el corazón y la mente de la sociedad nacional e internacional.
En el ámbito militar la integración con la ciudadanía y la colaboración en la solución de algunas de sus necesidades inmediatas, es clave dentro de la labor que realizan las Fuerzas, toda vez que el militar es ante todo un servidor público y un facilitador de los derechos democráticos. La acción cívica y de operaciones sicológicas, aceptada por el pueblo colombiano, tienen como propósito final cambiar favorablemente la voluntad y actitud de las gentes, de los no combatientes y así ganar su confianza hacia las propias tropas y sus operaciones, en una palabra conquistar su mente y su corazón mediante la acción integral, volver afecta la población civil, para así eliminar paulatinamente su apoyo a los agentes generadores de violencia interna, los cuales se constituyen en una amenaza permanente contra la estabilidad constitucional, las instituciones legalmente constituidas, el orden nacional, la sociedad, la infraestructura y los recursos del país.
Sólo hay que leer desapasionadamente la historia de los desmovilizados, de quienes renunciaron a los cultivos ilícitos y hoy son guardianes de la naturaleza, de cientos de comunidades a lo largo y ancho del país, para entender realmente quiénes son los que no quieren la paz, quienes son los que se empeñan en cultivar la violencia como arma política o económica haciéndole daño a Colombia sin ninguna razón o justificación válida.
Es hora de que Alfonso Cano y demás cabecillas de la narcoguerrilla entiendan que la guerra la perdieron, que sus acciones criminales no cuentan con ningún respaldo y no ofrecen ninguna esperanza, que persistir en el terrorismo sólo favorece la empresa transnacional del crimen narcotraficante en desmedro de las urgentes soluciones que requiere el pueblo colombiano para superar las brechas de pobreza y miseria.
Es hora de que Cano demuestre que realmente es la persona inteligente y política que dicen es, no necesita asumir las actitudes demenciales del Mono Jojoy y otros bandidos para ganar algún tipo de reconocimiento, lo haría mejor atendiendo los llamados de la sociedad resumidos en lo dicho por los jerarcas católicos: entender que la violencia más violencia sólo trae más violencia y que Colombia lo que necesita es perdón. El tiempo se le agota para ser parte de la historia de reconciliación nacional y sólo le quedaría el registro en las páginas de la ignominia como otro delincuente que desperdició una oportunidad histórica.

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